Se dice que para escribir bien se necesita una atmósfera tranquila, sin distracciones, un asiento cómodo, una mesa de trabajo ámplia y, finalmente, algo que te inspire, que te propulse, una especie de desatascador neuronal.
Para los que no lo sepan, Billy Wilder, al igual que el resto de los mortales, también se quedaba encallado en aguas procelosas. Su método para escapar de la hoja en blanco, para alejar la tormenta, era sencillo: cada vez que le ocurría, lo único que tenía que hacer era levantar la vista de la máquina, ponerse las gafas de lejos y mirar un cartel colgado frente a él, un cartel que rezaba lo siguiente:
“¿Qué haría Lubitsch?”
Sí, y Billy leía estas mágicas palabras y su cerebro se transmutaba en el de su ídolo, y en cuestión de segundos ya tenía una respuesta, una respuesta original e inevitable, una respuesta tan condenadamente lógica que no sabía por qué no se le había ocurrido antes.
Cabría preguntarse si Ernst Lubitsch también se quedaba encallado en aguas procelosas, y si así era, en qué se inspiraba para salir de ellas, pero como ni idea de esto, vecina, paso a contarles qué tipo de telaraña, por así decirlo, utilizo yo para ir de un edificio mental a otro, y no perderme por el camino. Vean, vean:

Eso es: una pelota. Una pelota de espuma. Una pelota de agradable tacto, de rebote medio, inofensiva y silenciosa. Una pelota con la que no hay que preocuparse, porque ni rompe jarrones ni molesta a los vecinos. Una pelota mágica.
Sí, y cuando el bloqueo aparece, cuando la cosa no tira y el paso a la línea siguiente se convierte en una pesadilla cósmica, me levanto, agarro mi pelota y apunto a la pared. Y cuando vuelve con una fuerza proporcional a la que la he lanzado, lo hago otra vez, y luego otra. Y las sinapsis se producen, y las neuronas se revuelcan de gusto, y las ideas, por fin, empiezan a llamar a mi puerta, con tanta fuerza que parecen capaces de echarla abajo.
Por eso, cuando quedo encallado en aguas procelosas, miro mi pelota de espuma y pienso:
“¿Qué haría mi pelota?”