
“Las cosas orgánicas que rondaban por esa espantosa cloaca no podrían calificarse de humanas, ni siquiera torturándose la imaginación. Eran monstruosos, nebulosos bosquejos del pitecántropo y la ameba, toscamente modelados en alguna arcilla hedionda y viscosa producto de la corrupción de la tierra. Reptaban y supuraban por las calles grasientas, entrando y saliendo por puertas y ventanas de una forma que recordaba a una invasión de gusanos, o a desagradables criaturas surgidas de las profundidades del mar (…) Una máscara amarillenta que ríe burlona mientras una ácida y pegajosa bilis supura de sus ojos, orejas, nariz y boca, con un burbujeo anormal de úlceras monstruosas e increíbles…”
Estas líneas que parecen rebosar los márgenes son de H.P Lovecraft, como no podía ser de otra manera. No existe otro escritor con esa capacidad tan apabullante para eso, para apabullar. La mejor manera de leerle (sobre todo en párrafos como estos) es utililizando el método Faulkner: al principio con tranquilidad suma, dejando que respire cada palabra, desgranándolas poco a poco hasta llegar a pillarle en profundidad, para luego, con todo bien agarradito, leer el párrafo de carrerilla, a las bravas y dejando que te impregne entero. Que te llene de mierda primordial. El Mentón Más Prominente de Providence se las traía, eso no es ningún secreto.
Lo que sí era un secreto para mí era él mismo. Lovecraft, la persona, su mundo, sus circunstancias, sus cosas. Porque, según nos cuenta Houellebecq en ese ensayito glorioso y fundamental que acabo de leer, H.P era un racista recalcitrante, un tipo que si veía a un negro paseando por su misma acera se encendía de furia extrema y lo único que le disuadía de arrearle violentamente con un palo claveteado hasta reducirle a su verdadera naturaleza, una basura inmunda e indigna, era su condición de gentleman imperturbable. No estaba bien visto que un caballero de su estirpe mostrara sentimientos, de ahí la sublimación delirante en sus textos.
Si no sabían todo esto, lean otra vez ese párrafo de arriba, lean el odio absoluto, lean esa bilis reconcentrada hacia el inmigrante, hacia el negro, hacia esa horda de chimpancés grasientos, como él los llamaba en sus correspondencias. Casi se le puede ver en su pequeño cuartito iluminado por una vela temblorosa, aporreando las teclas de su máquina de escribir sin compasión, apartándose de ese mundo hostil e incomprensible que le daba la espalda. Cthulu, ahora lo sabemos, no era una aberración procedente del espacio exterior: era un afroamericano procedente del Lower East Side.
Y ahora me voy a tomar un vino. Ah, y la quiniela, un desastre. ¿Cómo se me ocurre confiar en el Betis? ¡¡CÓMO!!
