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Monthly Archives: septiembre 2007

Se dice que para escribir bien se necesita una atmósfera tranquila, sin distracciones, un asiento cómodo, una mesa de trabajo ámplia y, finalmente, algo que te inspire, que te propulse, una especie de desatascador neuronal.

Para los que no lo sepan, Billy Wilder, al igual que el resto de los mortales, también se quedaba encallado en aguas procelosas. Su método para escapar de la hoja en blanco, para alejar la tormenta, era sencillo: cada vez que le ocurría, lo único que tenía que hacer era levantar la vista de la máquina, ponerse las gafas de lejos y mirar un cartel colgado frente a él, un cartel que rezaba lo siguiente:

“¿Qué haría Lubitsch?”

Sí, y Billy leía estas mágicas palabras y su cerebro se transmutaba en el de su ídolo, y en cuestión de segundos ya tenía una respuesta, una respuesta original e inevitable, una respuesta tan condenadamente lógica que no sabía por qué no se le había ocurrido antes.

Cabría preguntarse si Ernst Lubitsch también se quedaba encallado en aguas procelosas, y si así era, en qué se inspiraba para salir de ellas, pero como ni idea de esto, vecina, paso a contarles qué tipo de telaraña, por así decirlo, utilizo yo para ir de un edificio mental a otro, y no perderme por el camino. Vean, vean:

La mia es la azul.

Eso es: una pelota. Una pelota de espuma. Una pelota de agradable tacto, de rebote medio, inofensiva y silenciosa. Una pelota con la que no hay que preocuparse, porque ni rompe jarrones ni molesta a los vecinos. Una pelota mágica.

Sí, y cuando el bloqueo aparece, cuando la cosa no tira y el paso a la línea siguiente se convierte en una pesadilla cósmica, me levanto, agarro mi pelota y apunto a la pared. Y cuando vuelve con una fuerza proporcional a la que la he lanzado, lo hago otra vez, y luego otra. Y las sinapsis se producen, y las neuronas se revuelcan de gusto, y las ideas, por fin, empiezan a llamar a mi puerta, con tanta fuerza que parecen capaces de echarla abajo.

Por eso, cuando quedo encallado en aguas procelosas, miro mi pelota de espuma y pienso:

“¿Qué haría mi pelota?”

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Hoy, antes de cenar, nos hemos paseado Eme y yo por donde solíamos hace ya un par de años. Hemos llegado hasta mi antigua casa, y no parecía haber un alma. Todo apagado, todo cerrado, todo muerto. Me ha molestado, porque lo que yo quería era entrar al vestíbulo, memorizar los nombres del buzón y rastrearles por aquí, hacer un google it, como dicen en las películas de estos tiempos. En el tercero sí que había gente, imagino que los de siempre. Vivía allí una italiana que se jactaba de preparar la mejor pasta del mundo, pero a la que yo probé le faltaba de todo. Supongo que es cuestión de gustos adquiridos, de saber apreciar el caviar o no saber. A esta chica la definían artista sus allegados. Pintaba acuarelas en un cuadernito y en su cuarto tenía colgados cuadros sin marco, y ni de coña me voy a acordar ahora de ellos, pero lo que sí recuerdo es que me jodía sobremanera que su piso tuviera mejor distribución que el mío. Ahora aquí miramos el calendario y tachamos los días. Esta semana Eme se volatiliza en el tiempo y el espacio, que son relativos, o eso quiero pensar. Tendré que organicionarme, como decía el loco de la cresta.

Una luz azul muy tenue, como de flexo, ilumina esta madrugada el salón de mis vecinos, los que viven en el edificio de enfrente. Creo que ahora duermen, mis vecinos, y presumo que las visitas que han tenido estos últimos días no podían marcharse sin dejarles una planta de maría, para bañarla de azul por las noches y verla crecer, y fumársela luego y recordar. Mis vecinos son una feliz pareja de treintañeros, y algunas veces ella va desnuda por casa.

Esta tarde he visto The Weeding Planner, comedia romántica con JLo pre-Gigli, el robot McConaughey y Bridgette Wilson. Lo mejor que se puede decir de esta película es que Bridgette Wilson, especializada en papeles de la-otra-tía-que-está-buena-y-tal-pero-que-nunca-conseguirá-al-chico, está casada con Pete Sampras, el mejor tenista que ha pisado Wimbledon. Y poco más.

La semana pasada vi Knocked Up, comedia romántica con Katherine Heigl y Seth Rogen, escrita y dirigida por Judd Apatow, calificado como el salvador de la comedia USA.

Lo es.

Después de verla, me sorprendí a mí mismo pensando que, al fin, alguien había sido capaz de ir a casa de Woody Allen, entrar sin su permiso y mearle la alfombra. Porque lo que tiene esta película no la va a tener ya ninguna que escriba nuestro amado gafapasta. Woody, por supuesto, podría hacer una romcom muy divertida sobre una pareja imposible que se queda embarazada, pero es que lo de Knocked Up es otra cosa. Hay una cercanía, una verdad y una inmediatez que él ya nunca podrá alcanzar. Y la mala leche. Y las referencias. Dios, las benditas referencias.

La película ha sido el sleeper del verano al otro lado del atlántico (aquí se estrena el 31 de Octubre con un título que es para matar al responsable: Lío embarazoso) y debido a esto y a los que dicen que Apatow es el salvador de la comedia USA, se ha armado un lío, fíjese ud., bastante embarazoso.

Por un lado, el New Yorker se pronuncia con un extenso artículo laudatorio y, al tiempo que hace un repaso a la historia de la comedia romántica americana, sitúa a la película en su último eslabón. El señor David Denby nos viene a contar que Knocked Up pertenece a la última mutación del género, el denominado slacker-striver (algo así como holgazán-luchadora), género que fue, si no inaugurado, sí demarcado por la grandísima High Fidelity. Ya saben, perdedor sin suerte conoce a tía buena emprendedora que por alguna razón que no entendemos le quiere locamente y hará todo lo que esté en su mano por convertirle en un hombre hecho y derecho.

Vale, pues dice Joe Queenan, de The Guardian, que si Knocked Up es el futuro de la comedia romántica, estamos apañados. Dice que es misógina, ofensiva, vacua e inmadura, y que las mujeres deberían crear su propia industria, porque esta que tenemos no funciona. Vamos, que Joe se sube por las paredes con un cuchillo entre los dientes.

Yo digo que pasen de Joe Queenan, que vean la película, ya sea por torrent (no digan que yo lo he dicho) o en salas, y que celebren conmigo, hombre, celebren, que mientras escribía esto hemos perdido al baloncesto y me cago en la puta que parió al ruso ese negro y al otro caucasiano de los ojos hundidos que parece ser capaz de aniquilar a toda tu familia, niños incluídos, en cerocomacinco segundos.

Sin acritud.

Resulta que se cumplen cuatro meses desde que salí a correr por primera vez. En plan serio, me refiero, con zapatillas de correr de las de verdad, camiseta de propaganda y un mp3 bien repleto. Footing, lo llaman. Ese correr a velocidad constante, más lento que rápido, ese mirar de vez en cuando el reloj para comprobar cuánto hemos mejorado en tres días, esas dificultades que se pasan en las cuestas, malditas cuestas, que nunca acaban cuando las subes, pero, joder, cuan rápido desaparecen cuando las bajas. Footing, lo llaman.

Pues bien, digan lo que digan, lo más interesante de salir a trotar no es oxigenar las articulaciones, ni perder peso, ni fortalecer músculos, ni siquiera la manera que proporciona para salir del hastío de la tarde, esa maldita franja horaria entre el almuerzo y la cena que sabe dios para qué sirve, pero para ser productivo desde luego que no. Ni siquiera eso. Lo mejor, lo que me motiva a poner un pie en el Retiro más de una vez a la semana, son ellos. Los otros. Los que salen a correr a la misma hora que yo, los que pasean por allí, los que se dejan caer en la hierba. El otro día, dos quinceañeras mantenían sobre sus cabezas sendos sombreros fabricados con hojas de palmera. Saludaban a todo el que pasaba, orgullosas, como si su ocurrencia se mereciera alguna clase de feedback. Ayer, una veinteañera tardía paseaba con su ipod, mirando al suelo con esa expresión de no saber qué hacer, pero tener que hacer algo. La he visto ya más de tres veces, siempre así, con la actitud del que le han dado un plazo para decidirse entre dos opciones y no le apetece ninguna. También ayer, en otro sector del parque, un grupo de culturistas descamisados se dedicaban a hacer flexiones, abdominales, barras y todo lo que pueda hacer un grupo de culturistas descamisados para mantener sus estatus. Y yo no sé por qué, pero en todo ese rollo de hacer ejercicio semidesnudo y en comandita veo un algo filogay. Ese exhibicionismo, esa arrogancia pectoral, esas medias sonrisas al compañero. Un algo, ya les digo.

Pero es que esto no es importante, nada es más importante que lo que les tecleo a continuación: SADAM HUSSEIN corre por los Jardines del Retiro, Madrid, a eso de las ocho de la tarde, entre semana. Estoy hablando del verdadero Sadam, del auténtico, no del doble que colgaron y youtubearon a los pocos minutos. Va sin turbante, con su pelo tintado de negro y su bigote anterior a la guerra de Irak, ese mostacho espléndido, frondoso y tupido que hizo cagarse de miedo a los kuwaitíes, ataviado con camisetas de colores alegres, todas de tirantes, pantalones cortos abiertos en los laterales y zapatillas deportivas de la mejor marca iraquí. No hay que escatimar gastos en estas cosas. Y, oye, el tío corre que se las pela. Hace mi ruta pero al revés, y en el tiempo en que yo le doy una vuelta al parque, él ya ha hecho dos y continúa a esa velocidad delirante, que te deja en evidencia. Una auténtica gacela sunita. No sé si el resto de corredores aficionados se habrá percatado de este asombroso hecho, pero es que poder medir fuerzas con todo un terrorista no es algo que ocurra todos los días.

Estas cosas, y no esas sandeces que glosan lo saludable y conveniente del deporte, vecina, son las que hacen que correr valga la pena. Footing, lo llaman.

“Cuando llegué a la treintena, pasé por unos años en los cuales todo lo que tocaba se convertía en fracaso. Mi matrimonio terminó en divorcio, mi trabajo de escritor se hundía y estaba abrumado por problemas de dinero. No me refiero simplemente a una escasez ocasional, ni a tener que apretarme el cinturón de cuando en cuando, sino a una falta de dinero continua, opresiva, casi agobiante, que me envenenaba el alma y me mantenía en un inacabable estado de pánico”.

Éste que escribe arriba, instalado en el terror de aquellos años de brújula extraviada, es Paul Auster, traducido por Benito Gómez Ibañez (un saludo afectuoso desde estos humildes unos y ceros a los frecuentemente olvidados y mal pagados traductores). Se trata del primer párrafo de su “A salto de mata. Crónica de un fracaso precoz” editado en este bello país (tecleo desde spain, amigos hispanohablantes del extranjero) por Anagrama, en su colección de Compactos, o sea, la de bolsillo de colores extravagantes, seleccionados, seguro, por un ciego pintoresco con el único objetivo de que, si caminamos de madrugada por una carretera solitaria con un ejemplar en la mano, no nos destrocen la columna vertebral y otras cosas importantes para andar erguido como le ocurriera al prolífico S.King, gracias a las propiedades de su portada, reflectantes algunas veces, fosforitas otras.

Decía que el de más arriba es Paul Auster, y que recomiendo muy mucho el librito. Trata de eso, de sus primeros pasos, de sus viajes en barco mercante, de sus aventuras en París, de su encuentro con John Lennon, de su obsesión por vender un juego de cartas (béisbol en acción) que él mismo había ideado a los 12 años, de la vida, así en general, de todo tecleador en ciernes empeñado en hacerse un huequecito y ver pasar la vida como la deberíamos pasar todos, con la cabeza sobre los hombros, vigilante y erguida, no bajo la mesa. Bajo ninguna mesa.

No sé qué me pasa estos días que leo mucho al Auster. No creo que sea un genio, aunque por momentos parece que se pasee por los alrededores de esa zona prohibida de los tocados por la varita. Es siempre correcto, a veces brillante, a veces se la juega y no consigue lo que quería. Pero hay por ahí un hálito de autenticidad y de amor a lo que escribe que supongo será la raíz de su éxito. Y me están llegando por aquí las vibraciones de oscuros procedimientos económicos de la facción asilvestrada de una familia que me toca en parte, pero que me toca y que me tiene la temperatura del estómago un par de grados más alta de lo normal. Esa cosa del heartburn que retrataba aquella película fallida de la Ephron sobre su matrimonio con el periodista que no interpretaba Robert Redford en Todos los hombres del presidente. Y es que cuando te pones llorica no hay quien te aguante, Nora Ephron.

Bien. Oficialmente, ésto es un desastre. Un post el día 31 de agosto. Hasta hoy, día 4 de septiembre, era el único. Esta irregularidad, en materia de blogs, es muerte segura. ¿Saben lo que le dijo John August a Josh Friedman cuando este último abrió su imprescindible hucksblog?

Le dijo esto:

My advice to a new screenwriter-blogger:

1. Make sure to write at least three controversial articles in the first month.
2. Don’t go more than four days without posting.
3. Don’t refer to your family by name.
4. Stay off my turf, or I cut you! I cut you!

Welcome.

Interesante manera de empezar un blog la de Josh. Se pasa el August y le deja ahí su sabiduría, encapsulada en cuatro reglas. Vamos a repasarlas, a ver qué dice el bueno de John:

1. Make sure to write at least three controversial articles in the first month: Asegúrate de escribir al menos 3 posts controvertidos el primer mes.

Vale, ésto va a ser difícil. No pienso escribir artículos controvertidos. Me sé unas cuantas anécdotas que harían sonreír al Cuore, la mejor revista del universo conocido y sospecho que del oculto, pero no es plan, que con la IP todo se sabe y en 3 días tendría aquí al policia de turno haciéndome preguntas y manchándome el suelo con sus amenazadoras botas de goma. No. Olvidemos la controversia. No habrá morbo en estas páginas. No señor.

2. Don’t go more than four days without posting: No te pases más de cuatro días sin postear.

No estaría mal cumplir esto. Depende, como siempre, de mi cerebro. No hay quien se aclare con éste centro nervioso. Algunas veces tienes todas las puertas abiertas y todo fluye y otras, a cal y canto. Hoy me está pasando. Algún desaprensivo ha vertido silicona en mis cerraduras. Nada que hacer hasta mañana, espero. De cualquier forma, como ya digo, me gustaría cumplir la regla número 2, John, y ver crecer poco a poco este invento y luego trepar hasta lo alto y descubrir lo que esconden las nubes. Pero pasemos a recordar lo que dice la regla 3:

3. Don’t refer to your family by name: Nada de poner los nombres y apellidos de tus seres queridos.

Bah. Eso está hecho, John August. La familia ni tocarla. Lo máximo que haré es teclear eso de “M. hace punto de cruz” o “J. dice que la nueva de Medem es la mayor basura salida de nuestras fronteras desde Noviembre, del Mañas”. No bad feelings, Medem.

Y por último,

4. Stay off my turf, or I cut you! I cut you!: No me pises el césped, o te rajo! Te rajo!

Ésta última no tiene sentido. No creo que llegue ni a rozar una brizna de hierba de tu kilométrico césped. Pero lo intentaré, John August, vive dios que lo intentaré.

Resumiendo, que esto va a ser un éxito, y que abróchense los cinturones, que despegamos y no sé ni para qué sirven la mitad de todos estos botoncitos.