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Monthly Archives: octubre 2007

“Las cosas orgánicas que rondaban por esa espantosa cloaca no podrían calificarse de humanas, ni siquiera torturándose la imaginación. Eran monstruosos, nebulosos bosquejos del pitecántropo y la ameba, toscamente modelados en alguna arcilla hedionda y viscosa producto de la corrupción de la tierra. Reptaban y supuraban por las calles grasientas, entrando y saliendo por puertas y ventanas de una forma que recordaba a una invasión de gusanos, o a desagradables criaturas surgidas de las profundidades del mar (…) Una máscara amarillenta que ríe burlona mientras una ácida y pegajosa bilis supura de sus ojos, orejas, nariz y boca, con un burbujeo anormal de úlceras monstruosas e increíbles…”

Estas líneas que parecen rebosar los márgenes son de H.P Lovecraft, como no podía ser de otra manera. No existe otro escritor con esa capacidad tan apabullante para eso, para apabullar. La mejor manera de leerle (sobre todo en párrafos como estos) es utililizando el método Faulkner: al principio con tranquilidad suma, dejando que respire cada palabra, desgranándolas poco a poco hasta llegar a pillarle en profundidad, para luego, con todo bien agarradito, leer el párrafo de carrerilla, a las bravas y dejando que te impregne entero. Que te llene de mierda primordial. El Mentón Más Prominente de Providence se las traía, eso no es ningún secreto.

Lo que sí era un secreto para mí era él mismo. Lovecraft, la persona, su mundo, sus circunstancias, sus cosas. Porque, según nos cuenta Houellebecq en ese ensayito glorioso y fundamental que acabo de leer, H.P era un racista recalcitrante, un tipo que si veía a un negro paseando por su misma acera se encendía de furia extrema y lo único que le disuadía de arrearle violentamente con un palo claveteado hasta reducirle a su verdadera naturaleza, una basura inmunda e indigna, era su condición de gentleman imperturbable. No estaba bien visto que un caballero de su estirpe mostrara sentimientos, de ahí la sublimación delirante en sus textos.

Si no sabían todo esto, lean otra vez ese párrafo de arriba, lean el odio absoluto, lean esa bilis reconcentrada hacia el inmigrante, hacia el negro, hacia esa horda de chimpancés grasientos, como él los llamaba en sus correspondencias. Casi se le puede ver en su pequeño cuartito iluminado por una vela temblorosa, aporreando las teclas de su máquina de escribir sin compasión, apartándose de ese mundo hostil e incomprensible que le daba la espalda. Cthulu, ahora lo sabemos, no era una aberración procedente del espacio exterior: era un afroamericano procedente del Lower East Side.

Y ahora me voy a tomar un vino. Ah, y la quiniela, un desastre. ¿Cómo se me ocurre confiar en el Betis? ¡¡CÓMO!!

Veo, en riguroso directo, los preparativos para el lanzamiento del Discovery al espacio interestelar, vía el canal de la NASA. Imágenes del cuartel general, por así decirlo, todos concentrados, todos con los ojos entornados en ese espacio predominantemente azul, como en las películas. Ron Howard no miente. Una chica de voz mecánica aporta datos sobre la hora del lanzamiento, sobre lo que va a pasar a continuación. Pienso que va a estar interesante, y antes de terminar de pensarlo, en un pestañeo, pinchan la cámara exterior, el cohete empieza a lanzar llamas por el culo y asciende vertiginoso, como si quisiera llegar antes de la cena. Una voz masculina nos informa de que pasamos a la cámara del cohete. Efectivamente, pasamos a la cámara del cohete. La perspectiva es la de un astronauta ocioso que observa por un ventanuco circular mientras se come unas pipas. Vemos la superficie plateada del cohete, el fuego de los reactores, la tierra alejándose. Vértigo. La voz masculina, monocorde, da más información. Nadie da gritos de júbilo, nadie aplaude, nadie se abraza con lágrimas en los ojos, como en las películas. Ron Howard miente. Ya estamos en el espacio. Vértigo. La tierra se ha convertido en una pelota sin sentido. Qué pequeños somos, qué insignificantes. No sé por qué me preocupo, para qué, si vivimos en una pelota. El cohete se desprende de una pieza que parece valiosísima y sigue su trayecto. Espero que no sea valiosísima. Pienso en la persona que tenga que coger al vuelo esa pieza para no armar un estropicio, con los brazos extendidos y la mirada de un perro salvaje. Lo siento por él. La pieza tiene que quemar. Cortan la transmisión. Pasan a repetir la secuencia del lanzamiento desde puntos cada vez más cercanos, cada vez más espectaculares. Ahora no sé si lo que he visto antes era en riguroso directo o sólo una repetición más. ¿La NASA miente? Tengo que preguntarle a mi amigo astrofísico.

Decía Kurt Vonnegut, al que voy a mentar por aquí más de una vez por varias razones, entre ellas porque suyo es el dibujo de la cabecera, ese asterisco que no es asterisco, sino su ojo del culo, su asshole garabateado que a mí me sirve para homenajearle todos los días, decía Kurt Vonnegut, digo, que somos animales bailarines y que no estamos en este mundo para otra cosa que para hacer el ganso por ahí. Y esta mañana, como tenía que solucionar unas cosas, le he hecho caso y me ha lanzado a la calle, a bailar por ahí, a hacer el ganso, a que me cayeran hojas secas en la cabeza. Para resumir, puedo contar que he hablado con una lesbiana que cuando está al teléfono pregunta por gente importante del medio este audiovisual, para que se sepa que ella está a ese nivel, porque esa es la medida que importa al fin y al cabo, el peldaño en el que estés situado y con quien lo compartes. Da igual. El caso es que con todo el trajín, y después de comer, me ha entrado un sueño impepinable y me he abandonado a la siesta. Nunca fui muy amigo de lo de dormir por la tarde, porque luego me levanto peor y no es plan, pero de un tiempo a esta parte le estoy viendo la parte buena. Porque dormir la siesta es estar en sintonía con el mundo, mandar a la mierda que el planeta gire y entregarse a eso, a consumir tiempo en uno mismo. Y sobre todo porque los sueños que se tienen por la tarde no se tienen por la noche. Son mucho más vívidos, más diáfanos, imagino que por lo obvio, porque aún es de día. También son sueños más optimistas. Más tarde el teléfono me ha despertado pero ni caso, porque en el LCD se leía número desconocido, y eso es que te quieren vender algo y mejor no cogerlo. Sólo espero que no fuera la lesbiana. Esa te soluciona la vida en la pausa para el café.

Lo ensordecedor de ayer en esta calle del demonio no fue lo habitual, no eran los coches, ni las obras, ni el camión de siempre, sino un pitido constante, pertinaz e hijo de puta. Comenzó algo así como a las siete de la tarde, cuando salía de la cafetería de enfrente, y hasta hoy, cuando la mañana ya se había despedido, no ha querido disolverse. Era un pitido que venía de no sé dónde, no sé cuál era la fuente, pero que ya de madrugada, con el silencio, había conquistado el largo y ancho de la calle y lo tenía revoloteando en el cerebro como un pensamiento hiriente. Llegué a temer que no fuera externo, que lo emitía yo mismo, que me habían pegado un guantazo cuando dormía y ya está, para siempre con ese alfiler trepanándome, hasta que me volviera Henry perdido y empezara a meter seres humanos en bolsas de deporte. Esto debe ser lo que les pasa a los desquiciados, que tienen un agente de movilidad en la cabeza y así no hay quien se relacione con normalidad.

Cuando la calma ya era un hecho, leyendo por ahí por la telaraña esta de información, compruebo que la gran mayoría de la crítica, profesional o en pañales, califica El Orfanato como correcta: muy correcta, correctísima, correcta a secas, todo correcto. Como si nadie pudiera hacer sangre del todo, pero tampoco cincelar su nombre en las piedras. Y el caso es que pienso igual. Había secuencias muy bien rodadas, otras muy bien escritas, pero en general el metraje dejaba un regusto a ya visto, a cine añejo. A película correcta, vamos. Me da que este año no pisamos la alfombra roja.

“The best thing to do is take a little break. Get away from it. Go do something else for a couple of hours. Or even for a few days. That too has happened to me. There were moments in working through the last 30 pages of Delirious where I struggled hard and still couldn’t see my way forward. Yes, at these times a certain panic sets in. You realize you’re lost. You start wondering, what the fuck am I doing? What is this screenplay about anyway? Why don’t I have a real job?”

“The 1st Draft took six months to write. The 2nd Draft took about two. Again, I printed the script out, checked it for typos and sent it out to another group of readers. I got some more good notes but based on the strong reaction started sending it out to financiers. In the meantime I began a 3rd Draft, cutting scenes, sharpening scenes, distilling the script even more. About halfway through I had to stop because I got the news that Scarlett Johansson had read the script (through my producer Bob Salerno) and was interested in playing K’harma. In February of 2004 I flew out to LA to meet her…”

Tom DiCillo, sobre el proceso de escritura de Delirious y sobre lo que vino después, en su blog. Impagable.

Cuando llego al paso de cebra calculo que el accidente, un choque frontal entre dos vehículos, habrá sucedido veinte minutos antes. Aún sale humo de los radiadores, un humo blanquecino que sube sin oposición, pacífico. El respetable se agolpa a los lados de la carretera con ojos sin párpados, comenta lo que se suele en estos casos (no somos nada, un día te levantas y ya no te acuestas) y aprovecha que el semáforo está en rojo para cruzar y luego volver a hacerlo, porque el móvil saca mejor las fotos de cerca, no pixela tanto. Veo que la luna de uno de los coches está abombada hacia afuera en la zona del asiento del acompañante, dibujando la circunferencia de un cráneo (¿ves? Hay que ponerse el cinturón, siempre, siempre). Dentro, un guardia de tráfico tapa el salpicadero con una toalla blanca.

Antes, en la biblioteca, una señora me ha preguntado por las películas de romanos y, al contestarle que ni idea de dónde está el peplum, me ha dicho “¿pe-qué?”.

Y antes de todo esto, pensaba que suelo ver caras que parecen contar que la vida no ha cumplido con las promesas que les hizo a los quince años.

Pero tampoco es que esté muy seguro. No estoy muy seguro de nada.

Como el vecino de enfrente se ha ido, y como dejaba en su piso cosas que no se podía llevar, y como los albañiles, santos albañiles le han destrozado el cerrojo incluso antes de que le expire el contrato, estos días Eme y el que les teclea hemos ido de cacería, husmeando, delinquiendo, apropiándonos de lo ajeno. Hurtos menores más que nada. Mi vecino se ha ido a pagar el triple por ahí, y el día que nos dejaba me lo encontré por la escalera. Nos dimos la mano y en paz. Que te vaya bien, ya nos veremos, sonrisa, sonrisa. Un tipo extraño mi vecino. Dice, y su buzón lo confirma, que se dedica a la moda, a diseñar, a hacer patrones o a lo que se haga en ese oficio. La del primero dice que le va mal en lo suyo, que siempre tiene que rebuscar en los bolsillos para llegar a fin de mes, que se remienda los calcetines. Bien, entonces habrá tenido que ahorrar durante treinta años para comprarse el macbook, porque la caja que he visto en la cocina no engaña, señora.

Si mi vecino es extraño, su piso no le va a la zaga. Aún siendo una buhardilla, al entrar te encuentras con unas escaleritas, que hacen que el piso sea el 5 1/2, dos menos que el del trabajo de Craig Schwartz. El cuarto de baño pasa por ser el cuarto de baño más pequeño que he visto nunca. Si quieres ducharte, tienes que pelearte literalmente con la puerta para acceder. En la cocina no puedes estar de pie, y si quieres lavar los platos o cocinar tienes que, o ser un simpático enano, o arquear la espalda hasta que llegues a la posición habitual de la columna vertebral de un señor de 134 años. Luego tenemos un salón pequeño pero agradable, con vistas a los techos de esta ciudad de gatos y dominado por un gran espejo que habrá visto crecer a Miguel Mihura (el señor Mihura nació en mi edificio, fijense), y una habitación de techo abovedado hasta las trancas de ropa vieja, más revistas y un dvd de la revista Tiempo. No recuerdo la película, pero apuesto a que salía Stephen Baldwin. En las películas de Tiempo siempre sale Stephen Baldwin.

En fin, que como el próposito de la visita era robar como posesos, nos pusimos a la tarea. Teníamos fichados unas cuantos objetos de anteriores inspecciones furtivas, entre los que se encontraban un magnífico tostador de pan, una graciosa mesita de diseño pop y toda una robusta vajilla, imagino que de generación IKEA. Desechamos un exprimidor de naranjas manual de acero inoxidable, porque reconozcámoslo, nunca me verán exprimiendo naranjas, una mesa de extravagante diseño y poca utilidad y el susodicho dvd de la revista Tiempo, demasiado infecto para posarse en mi estanteria. Le dimos vueltas a la idea de sustraer el frigorífico, porque es medio nuevo y el nuestro no tanto, pero es que había que armar tal pitote para sacarlo que rápidamente nos olvidamos de él. Armados con nuestro botín bajamos las escaleritas de vuelta, para encontrarnos, en un hueco encima del dintel de la puerta, con una edición del Kamasutra, polvoriento como él solo, pero Kamasutra al fin y al cabo. Por supuesto lo dejamos en su sitio, porque quién quiere el Kamasutra de un vecino raro.

Ahora me pregunto si no estaría mal tener ese exprimidor manual, lo que molaría cambiar de frigorífico, y qué gran película tiene que ser esa de la revista Tiempo. Mierda. Nunca hay que menospreciar una película con Stephen Baldwin, eso lo sabe todo el mundo.