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Monthly Archives: noviembre 2007

Acabo de ver [REC] en la filmoteca, lo que quiere decir que he visto lo mismo que todo el mundo pagando 1/3 del precio normal. Bien por mí. Lo malo del asunto es que se ha corrido la voz entre los jovenzuelos y en la sala sólo se veían mochilas y ojos tapados. Un señor de barba cana que por su actitud parecía haber fundado la institución se ha negado a levantarse para dejar pasar a un chaval que iba a por su colega, lo que ha degenerado en un cruce de acusaciones que ha concluído con la mediación del acomodador. Un alboroto. Respecto a la película, yo diría que es una mezcla entre The Blair Witch Project, The Crazies y La Comunidad. Funciona admirablemente y lo único que me ha molestado es que el virus que convertía a los vecinos del inmueble en zombies actuaba cuando mejor venía, es decir, para dar el susto. Dejando pasar esta arbitrariedad, se lo pasa uno teta. Ya están preparando el remake, con la insufrible hermana de Dexter como Ángela, la reportera. Seguro que el señor de barba cana tampoco la dejaría pasar.

No puedo terminar este post sin recomendar el trailer de Canciones de amor en Lolita’s Club, en el que se puede apreciar perfectamente como Eduardo Noriega tira su carrera a la basura. Para los que no lo sepan, el tío, en plan tour de force, interpreta a dos hermanos, uno listo y el otro tonto. Atención al FESTIVAL:

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Mientras reuno fuerzas para postear con más regularidad, aquí les dejo el que ya es mi spot favorito de todos los tiempos.

Para hacer tiempo antes de acercarme a ver Häxan, ese documental arcano sobre brujos y otras tropelías ocultas que recomiendo incluso antes de haberlo visto, procedo a transcribir algunas de las perlas que nos dejó John Steinbeck, autor del que no he leído ni una sóla línea de ficción, pero que ya tardo en hacerlo, a juzgar por esta serie de…, de perlas, eso es:

– “Es normal que desde el momento en que se escribe para publicar uno se envare de la misma manera que cuando le van a sacar una foto. La mejor manera de vencer esto es escribirlo a alguien, como lo hago yo. Escribirlo como una carta dirigida a una persona. Esto suprime el terror difuso de dirigirse a un auditorio amplio y sin rostro y, también, se verá que da un sentimiento de libertad y una falta de autoconciencia.”

– “Escribe diariamente y tan rápido como te sea posible, echando todo al papel. No corrijas o reescribas hasta que hayas escrito todo el libro. Las correciones hechas durante el proceso de creación son, por lo general, excusas para no seguir adelante. Además, influyen en el flujo y el ritmo, que sólo pueden ser fruto de una especie de asociación inconsciente con el tema.”

– “Si escribes diálogos, repítelos en voz alta a medida que los vayas escribiendo. Sólo entonces obtendrás el sonido del diálogo.”

– “Hoy es un día ocioso. Los días parecen alternarse; saco mucho provecho a un día de trabajo y al día siguiente, engreído por el triunfo, pierdo el tiempo.”

– “En el tercer dedo de mi mano derecha tengo un gran callo que me ha salido por utilizar el lápiz durante tantas horas diarias.”

– “Un cuento debe, para ser efectivo, traspasar algo del escritor al lector y el poder de su oferta es la medida de su excelencia. Fuera de esta, no hay más reglas.”

– “El callo de mi dedo está bastante irritado hoy. Quizá deba limarlo; se está haciendo demasiado grande.”

– “El oficio o el arte de escribir es el torpe intento de encontrar símbolos para lo inexpresable. En la soledad absoluta, un escritor intenta explicar lo inexplicable.”

– “En el mejor de los casos, la literatura es una actividad tonta. Hay cierto ridículo en escribir un cuadro de la vida. Y aumentando la broma: uno tiene que retirarse de la vida durante un tiempo para escribir ese cuadro. Y tercero, uno debe distorsionar su propia manera de vivir a fin de despertar en sí, de alguna manera, lo normal de otras vidas. Una vez recorrido todo este absurdo, lo que emerge de él quizá sólo sea el más pálido de los reflejos. ¡Es una cuestión jodida!”

– “La gente inteligente vive a un mismo nivel todo lo posible: trata de ser buena, no se preocupa de no serlo, mantiene opiniones cómodas y confortantes y se deshace de las que no lo son. Y al final de sus días esta gente muere sin el sufrimiento lacrimoso del fracaso, puesto que no habiando intentado nada no han fracasado. Esta gente es mucho más inteligente que los imbéciles que se hacen pedazos por causas absurdas.”

– “(Tener un escritor en la familia) es una noticia triste, pero no creo que puedas hacer nada para remediarlo. Puedo recordar el horror que invadió a mis padres cuando se dieron cuenta de manera contundente de lo que pasaba conmigo. Lo que tienes -y tienen ellos- que esperar es que la vida se vuelva intolerable a causa de un hijo cruel, pendenciero, obstinado, caprichoso, peleón, irrazonable, nervioso, fugaz e irresponsable. Recibirás de él poca consideración, ninguna lealtad y una atención desesperadamente reducida. De hecho, querrás matarlo. (…)Vuestra función de padres consistirá, de ahora en adelante, en sacarle de la cárcel, alimentarle cuando esté a punto de morir de inanición, observarle desesperados mientras él parece irracional; y la recompensa por todo esto resultará ser ignorados en el mejor de los casos. (…) No pretendáis comprenderle, pues él mismo no se comprende. Por el amor de Dios, no le juzguéis con las reglas ordinarias de virtud, vicio o fracaso. (…) Si pensáis matarlo, más os vale hacerlo rápidamente o será demasiado tarde.”

Pues esto es todo, amigos. O casi todo, porque como se puede deducir por el título del post, mi idea es que The Writer Talks. We Listen se convierta en una gloriosa serie de sesudas reflexiones de juntaletras de ayer y de hoy. Además, así eludo hablar de mis cosas, que, como la mayoría de las cosas de la gente, no tienen ningún interés.

Estoy convencido de que las escuelas de escritura, ya sean de guión, de cuentos, de novelas o de críticas literarias, deben garantizar un cierto tipo de responsabilidad moral en el momento en que aceptan al alumno. La obligación de llegar al convencimiento de que el aspirante cuenta con las cualidades necesarias para no quedarse por el camino y que hará todo lo posible por conseguir su objetivo, aunque le caiga un rayo encima que le deje paralítico y tenga que escribir con un lápiz en la boca. Si no es así, si el entrevistador de turno no atisba el fuego interior (y no tiene un extintor a mano), su obligación es negarle la entrada e invitarle a salir. Y si insiste, le tiene que acompañar a la puerta y cerrársela. Y si toca repetidas veces, tendrá que llamar a seguridad. Y si seguridad no puede con él y amenaza con quedarse sentado delante de la puerta y hacer huelga de hambre hasta que le admitan, entonces, justo en ese momento, tendrá que hacerle pasar a que dé su primera clase. Porque ese es el fuego interior que hay que buscar. Lo demás son débiles intentos de matar a los seres queridos, que nunca llegan a ningún sitio y que acaban en otro nuevo intento, esta vez en la apasionante rama del derecho civil. Ocurre la mayoría de las veces.

Otro tema es que existan las escuelas y si valen para algo más que para conocer gente y hacer contactos. Esa es otra historia.

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Mientras un grupo de seres con muerte cerebral se apelotonaba en la puerta del Palacio de la Música de Gran Vía para ponerse de puntillas y tratar de ver al Hugo Silva, un centenar de personas humanas con cabeza, corazón y entrañas nos hemos ido un poco más abajo, al Golem-Alphaville, a charlar un ratito con Jess Franco, Lina Romay y Antonio Mayans.

“¡El cine ha muerto!” clama el tío Jess acompañando la frase con un certero golpe en la mesa. “Y a mí me importa un huevo”, añade, pletórico. Qué más se puede decir. El tío cuenta las cosas con un desparpajo, un reírse de sí mismo y una agilidad mental que ya la quisiera Montxo Armendáriz, al que nombro porque lo he visto este mediodía saliendo de un restaurante y me ha hecho gracia su pelo. Pero olvidemos a Montxo y centrémonos en el Franco más importante que ha dado este santo país. Nos ha contado que Orson Welles nunca terminaba nada, que era capaz de repetir cien veces la secuencia más estúpida de Campanadas a Medianoche, verla en montaje, odiarla y repetirla al día siguiente otras cien veces. Que Buñuel odiaba a Catherine Deneuve, que cada vez que la veía por ahí murmuraba “otra vez la puta esta de mierda”. Que una de sus actrices, no recuerdo el nombre, le llama cada semana desde hace siete años poniendo voz de niña pequeña, porque a sus cuarenta aún se cree una chiquilla, y le dice una y otra vez que está escribiendo una sinopsis de una película maravillosa, estupenda y sorprendente. Siete años, cada semana. Nos ha contado que no entiende por qué los vampiros de las películas sólo salen por la noche, que para él un vampiro, o una vampira, puede salir a chupar sangre cuando le venga en gana. Que sus pelis favoritas son las expresionistas y las de aventuras, porque está convencido de que el cine es para pasarlo bien, para que la gente sea feliz y salga de la sala sintiéndose un poquito mejor, y que a la mierda toda esa bazofia realista, que para miserias ya está la vida.

Luego, una pelirroja con aspecto de bollera le ha preguntado cómo rueda él los coños, si desde una perspectiva heterosexual, homosexual o qué. Esa ha sido la pregunta. Jess la ha mirado un instante, y ha contestado:

“Pues mira, yo los coños trato de rodarlos bien, con una iluminación adecuada, para que se vean bonitos”.

Y entonces se ha encendido un cigarro y le hemos aplaudido y nos ha lanzado un beso y ha salido a fumar a la calle y nos hemos puesto a ver esa bizarrada malagueña que es SnakeWoman (que, por cierto, no está tan lejos de la última de Lynch) y a la vuelta he pasado otra vez por delante del Palacio de la Música y ahí seguían los enfermos mentales apiñados, confirmando que, efectivamente, el cine ha muerto.