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Monthly Archives: diciembre 2007

La vecina lleva semanas bailando sevillanas delante de la ventana. Creo que lo hace para verse en el reflejo del cristal, para corregirse movimientos, para perfeccionar el óvalo que dibuja en el aire con los brazos al levantarlos, y esas manos que se retuercen como si quisieran librarse de las muñecas. También hace semanas que por su casa holgazanea un tipo que no es su pareja, un larguirucho con la cabeza prematuramente preparada para el despegue de aviones. Si él aparece es que mi vecino no está, y eso me hace sospechar. Yo diría que es del otro barrio, inofensivo, pero como vea el más mínimo acercamiento, alguna mirada sostenida o un masaje no solicitado, voy a averiguar el piso y a dejar una nota reveladora en el buzón, y luego me lavaré las manos. No sé a quién se le ocurrió eso de que no hay que meterse donde no te llaman. Desfacer entuertos es el deber de los caballeros andantes, es nuestra misión, y da igual si no tienes casco.

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Leo el reverso de la foto:

“Carmencita y yo. Otoño de 1973. Por mucho que intento pensar en 20, no consigo obviar la reconfortante sensación que me produce el tacto suave y firme de la cadera de Carmencita. Primer día de rodaje. Alguien dijo una vez que la vida era un valle de lágrimas. No fui yo.”

Si mi tía viera esto…

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Nunca nos lo dijo pero, al parecer, mi tío Emilio tuvo una doble vida. Una existencia partida en dos como un queso de cabra. Yo siempre había visto a mi tío como ese señor humilde, sano y jocoso que llevaba un discurrir plácido junto a su amantísima esposa y sus dos niños absolutamente comestibles, como ese señor pacífico y agradecido, entregado por completo a su honrado trabajo al frente de un quiosco de prensa. Pero ahora, mirando fotos de familia escondidas en el doble fondo de una caja de zapatos cuidadosamente situada en la esquina más inaccesible del trastero de mi abuela, he descubierto el otro lado, la otra mitad del queso, el interior del agujero negro.

No sé cómo lo hizo, pero mi tío Emilio, además de un bigote, tuvo una exitosa carrera en el cine. Estas fotos lo atestiguan. Iré subiéndolas poco a poco, para que compartan mi asombro. No tienen desperdicio.

Chandler es un tipo que siempre me ha caído bien. Antes de sorber con pajita de terciopelo El simple arte de escribir, el libro del que saco las enseñanzas de hoy, ya comprendí que detrás de Marlowe, detrás del mito, tenía que haber alguien con las gafas bien graduadas. Como señala Billy Wilder en sus conversaciones con Cameron Crowe, “Chandler sabía escribir una frase redonda”. Sabía hacer más cosas. Las novelas de Philip Marlowe son una auténtica locura. A Raymond se la pelaba la estructura, lo que convertía a novelas como “Adiós, muñeca” en alucinados viajes por esa California decrépita y maloliente que Hammett inventó y que él llevó a las cloacas. Para Chandler, el giro siguiente lo dictaba su cabeza, no la regla de los tres actos. Era un maestro de la descripción, y creo que puedo decir, sin miedo a que ningún señor con pipa me tire Anna Karenina a la cabeza, que era el mejor dialoguista de la historia de la literatura . Para mí, ya les digo, es imprescindible. Si no tienen nada de este caballero, primero avergüéncense, luego corran a la libreria más próxima, compren la colección, vuelvan y sitúenla en sus bibliotecas. Luego déjenla ahí un tiempo, hasta que los libros adquieran una leve película de polvo. Ese es el momento adecuado para leer a Raymond Chandler.

“No hay enseñanza del arte del guión porque no hay nada que enseñar; si usted no sabe cómo se hacen las películas, no puede saber cómo escribirlas. Ningún extraño lo sabe, y ningún autor se molestará en enseñar, salvo que haya fracasado o esté sin trabajo.”

“El guión tal como existe es el resultado de una enconada y prolongada batalla entre el escritor (o escritores) y la gente cuyo objetivo es explotar su talento sin darle la libertad de usar ese talento.”

“Hollywood me paga un gran sueldo sólo por tratar de escribir algo que quizá pueda usar. Y cuando escribo algo que da ganancias, entonces rompe mi contrato y redacta uno mejor. No puedo despreciar a una industria que hace eso.”

“Philip Marlowe tiene tanta conciencia social como un caballo. Tiene una conciencia personal, que es algo por completo diferente. Hay gente que piensa que yo me complazco en el lado feo de la vida. ¡Que Dios les ayude! ¡Si supieran qué poco les he hablado de eso! A P.Marlowe no le importa un bledo quién es presidente; a mí tampoco, porque sé que será un político (…) Philip Marlowe y yo no despreciamos a las clases altas porque se bañan y tienen dinero; los despreciamos porque son farsantes.”

“No se necesitan semanas para decirle a alguien que su artículo está mal, cuando puede decirle en cuestión de días que está bien. Los editores no hacen enemigos por rechazar manuscritos, sino por el modo en que lo hacen, por el cambio de atmósfera, la postergación, la nota impersonal que se arrastra. Siempre he odiado el poder y el negocio, y sin embargo vivo en un mundo donde tengo que negociar brutalmente y explotar cada átomo de poder que tengo.”

“Empiezo a ver la gran cantidad de historias que nos perdemos nosotros los meticulosos, simplemente porque dejamos que nuestras mentes se congelen en los errores en lugar de dejarlas trabajar un tiempo sin la supervisión crítica, encarnizándose en todo lo que no sea perfecto.”

“Pasé cinco meses con mi primer relato, usando un método que he recomendado a muchos aprendices a escritores, sin convencer a ninguno. Hice una sinópsis detallada de un cuento y después traté de escribirlo. Hecho lo cual, lo comparé con el trabajo profesional y vi dónde estaban mis fallos al conseguir algún efecto, o dónde le imprimía un ritmo que no correspondía, o algún otro error. Volví a hacerlo una y otra vez. Pero los jóvenes que quieren que uno les enseñe cómo escribir no hacen eso. Todo lo que escriben tiene que ser, esperan ellos, para ser publicado. No están dispuestos a sacrificar nada para aprender el oficio. Nunca les entra en la cabeza que lo que uno quiere hacer y lo que puede hacer son cosas por completo distintas (…) leen un cuento en una revista y se inspiran y empiezan a aporrear la máquina de escribir con energía prestada. Llegan hasta cierto punto y ahí se apagan.”

“Supongo que usted conoce la historia del escritor que se exprimía el cerebro buscando cómo mostrar, del modo más sucinto posible, que un hombre maduro y su esposa ya no estaban enamorados. Al fin se le ocurrió. El hombre y su esposa suben a un ascensor y él se deja el sombrero puesto. En una parada intermedia sube una mujer y él de inmediato se quita el sombrero. Eso es buena escritura cinematográfica. Yo habría escrito una escena de cuatro páginas (…) Un maestro de escuela que tuve hace mucho decía: “sólo se aprende de los mediocres. Los realmente buenos están fuera de nuestro alcance; no podemos ver cómo logran sus efectos”. Hay mucha verdad en esto.”

“Hay dos clases de guionistas. Están los técnicos aptos, que saben cómo trabajar con el medio y cómo subordinarse al uso que hará el director de la cámara y los actores. Su trabajo es acabado, eficaz y enteramente anónimo. Nada de lo que hacen lleva el sello de la individualidad. Después está el escritor cuyo toque personal debe poder transparentarse, porque su toque personal es lo que lo hace escritor. Obviamente, un escritor de este tipo nunca debería trabajar para un director como Hitchcock, porque en una película de Hitchcock no debe haber nada que el mismo Hitchcock no haya podido escribir (…) Con el tiempo llegará a haber un tipo de director que comprenda que lo que se dice, y cómo se dice, es más importante que filmar cabeza abajo a través de una copa de champagne.”

“Hace unos años vino a verme un publicista, el rostro iluminado por un sentimiento de triunfo, y me dijo que había arreglado que yo reemplazara como columnista invitado de un periódico a una señora que estaba de vacaciones. Parecía pensar que yo debía ruborizarme del placer, y quedó muy molesto cuando le dí un puntapié en la entrepierna y le vacié un frasco de tinta roja por el cuello de la camisa.”

Y paro ya, que este hombre me pierde y soy capaz de transcribir todo el goddamn book. Para los interesados en completarse la cabeza, ya saben qué regalarse para las fiestas que se avecinan. Pásenlo bomba.

Sólo se me ocurre a mí incubar un catarro a las puertas del puente. Tengo la garganta llena de hormigas y un ligero mareo, como si llevara puestas las gafas de otro. Como decía el abuelo de La vida de Brian, mis ojos renquean y mis piernas ya no ven. Se masca la tragedia. Esto pasa por salir a correr y encontrarte con la manifestación de siempre, esa que no ha cambiado en 40 años y que suele degenerar en afrentas personales y reparto de culpas. Todavía no se han dado cuenta de que la culpa fue del cha-cha-chá. No se dan cuenta de que la vida no es más que un vagón de metro que siempre desemboca en la misma parada. Y lo peor no es eso, lo peor es que Scarlett va en otro vagón, y no sé cuál es.