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Monthly Archives: enero 2008

Nunca he sido fan de los chistes comparativos basados en el “más que”, principalmente porque nunca se me ocurre nada así divertido nochehachero, pero he de decir que tengo esto más abandonado que…, que el sastre de tarzán (risas). El tema es que este espacio binario ahora es, por lo menos, mi decimocuarta prioridad, detrás de grandes proyectos absorbecerebros como escribir ese guión que me va a explotar en la cabeza si no lo desentierro ya, volver a ver las cinco temporadas de Six feet under, leer los ensayos de Montaigne y, sobre todo, ocuparme de ELLA. Lo que no quiere decir que eche el cerrojo, pero la calma va a imperar por aquí en este año, bisiesto año. Y eso, que os dejo con los mejores ¡NOOOOOOOOO! de la historia del cine. Mi favorito, claro, es el de Austin Powers.

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Cada vez que algo iba mal, cada vez que la vida le robaba algún momento de felicidad, mi tío se pegaba un bigote falso en la cara y adoptaba esa insondable expresión. Al parecer, el bigote estaba compuesto en su mayor parte de pelo de crin de caballo y, según me contó mi madre, esta foto se la hizo ella misma el día de la muerte de Berkowitz, el gato siamés que le acompañó durante 7 años. El relato del fallecimiento de Berkowitz es estremecedor por su desafortunada concatenación de azares. Resultó que, estando Berkowitz reposando el almuerzo en el alfeizar de la ventana que ven en la foto, sonó el timbre de la puerta y mi tío, qué iba a saber él que el condenado gato estaba detrás, se levantó con presteza juvenil de su asiento para atender la visita, empujando a Berkowitz al vacío y desafiándole a sobrevivir a una caída de 7 pisos. El pobre Berkowitz no superó la prueba, haciéndose polvo sobre la cabeza de una señora de 77 años que salía a hacerse un chequeo rutinario. La señora tampoco superó la prueba. Se llamaba Annie Berkowitz. Y eso no es todo. Los que pulsaron el timbre, el ring ring que desencadenó la maquinaria fatal, eran un par de Testigos de Jehová que en ese momento levitaban de felicidad y dicha. Acababan de hacer un nuevo fiel, cosa que no conseguían desde hacía 7 años, exactamente la edad del gato Berkowitz. El nombre del nuevo fiel era el siguiente: Annie Berkowitz.

Como se decía P.T Anderson en la película de las ranas que caen del cielo, todo esto no puede ser una mera casualidad. No puede serlo; decidme que no lo es.