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Si estáis viendo este formato ahora mismo es porque la carita que os sonríe a la derecha de la pantalla me ha conquistado. No hay más razones.

Mi enhorabuena para Jorge Vallejo, un tipo que en estos momentos debe estar vuelto del revés y con la caja torácica descoyuntada de la risa.

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Leo que esta señorita de tímida sonrisa nos ha catalogado como generación YO. Ha publicado un libro tachándonos de ser la generación más egoísta, segura de sí misma, enérgica y, atención, más miserable de todos los tiempos. Toma ya. Lo achaca a las nuevas tecnologías, al crash boom bang de los blogs y a los IPOD. Lo achaca al individualismo, que es justo lo mismo que nos contaba la chalada de Ayn Rand hace más de 60 años en su librito sobre un arquitecto que utiliza técnicas dignas de Bin Laden para conseguir sus propósitos. YO, la verdad, no he visto mucho cambio en estos casi 27 años que llevo por aquí. Más o menos somos los mismos de siempre, tengamos nick o no tengamos. Y al final siempre se crean comunidades, aunque sean de las de cada uno en su casa. El caso es comunicarse, que es lo que YO estoy haciendo ahora mismo, aquí, en mi casa, con mi té.

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Pichón apareció en el patio interior hace unas tres semanas, caído de algún nido del edificio. Sucio y tembloroso, no podía aletear, tenía tan pocas plumas que parecía un punki y picoteaba sin abrir el pico. Daba pena. Hasta ese instante habría ensartado con un palo gigantesco a todas las palomas del mundo y las habría tirado a una gigantesca hoguera, pero cuando lo vi ahí, tan desorientado y dando esos saltitos, sentí que había que hacer algo por Pichón. Le contruí un hogar con la caja de un microondas y empecé a alimentarle con pipas de girasol (para que las plumas crezcan lustrosas) arroz (para desarrollar sus músculos) y avena (esencial para su crecimiento). También le daba agua con una jeringa, hasta que aprendió a utilizar el pico como una pajita y se puso a sorber como un niño sorbe una coca-cola.

Sí, me convertí en Ghost Dog, en un ridículo colombófilo preocupado por las idiosincrasias del palomo común. Ahora sé cuándo mudan las plumas, cómo se convierten en mensajeras, qué enfermedades pueden coger y cómo evitarlas, qué secretos esconde el buche, cuántos días pueden estar sin comer ni beber o cómo entrenarlas para robarle las joyas a la alcaldesa.

He aprendido que son unos bichos listos, y que de pichones emiten una especie de gemido asustado para luego pasar al clásico guru-guru-guru, utilizado para atraer a hembras y para defender territorios.

Pero el caso es que no sé qué hacer con él. En unos días me marcho y, como aún no vuela y en el patio sólo puede comer piedrecitas y cacas de sus congéneres, sólo se me ocurren tres opciones para su futuro:

1- Muerte por inanición.
2- Pichón en salsa.
3- Pichón en escabeche.

Así que, ¿qué hacemos con el pichón? Os lo pregunto a vosotros, lectores, si es que aún queda alguno. Pasaos por los comentarios y elegid una de las opciones, o aportad una nueva si se os ocurre. Y por si os los estáis preguntando, no, no hay asociaciones que acojan a pichones indefensos. Acogen a perros, gatos e inmigrantes, pero no a pichones. Una injusticia más de este mundo hipotecado.

Repito las opciones:

1- Muerte por inanición.
2- Pichón en salsa.
3- Pichón en escabeche.

El tiempo se agota para Pichón. Su futuro depende de ti.

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La expresión en los ojos del chaval más delgado nos dice que se siente seguro de sí mismo, que le contentan sus logros pasados y que sólo ve dicha en el futuro. Su rostro petrificado y su estudiada media sonrisa nos hablan de la conciencia de sí mismo frente a la cámara, de que ya sabe de qué va esto. Por contra, su mejor amigo, aunque no ha sido atacado por el fantasma del acné, aún no ha aprendido que para ser importante tienes que parecerlo. Se perdió la clase de literatura en la que contaron eso que decía Oscar Wilde de que la primera misión de un hombre es adoptar una pose. Su sonrisa infantil no es la más adecuada, pero no pasa nada, porque transparenta su alma cándida, su ingenuidad arrebatadora.

El hombre negro a la izquierda, que batalla por salir en la foto, nos dice que la fama, a veces, es cuestión de saber dónde ponerse.

Y a la derecha dos payasos, padre e hijo, con sus respectivas pelucas, haciendo bulto.

Nunca he sido fan de los chistes comparativos basados en el “más que”, principalmente porque nunca se me ocurre nada así divertido nochehachero, pero he de decir que tengo esto más abandonado que…, que el sastre de tarzán (risas). El tema es que este espacio binario ahora es, por lo menos, mi decimocuarta prioridad, detrás de grandes proyectos absorbecerebros como escribir ese guión que me va a explotar en la cabeza si no lo desentierro ya, volver a ver las cinco temporadas de Six feet under, leer los ensayos de Montaigne y, sobre todo, ocuparme de ELLA. Lo que no quiere decir que eche el cerrojo, pero la calma va a imperar por aquí en este año, bisiesto año. Y eso, que os dejo con los mejores ¡NOOOOOOOOO! de la historia del cine. Mi favorito, claro, es el de Austin Powers.

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Cada vez que algo iba mal, cada vez que la vida le robaba algún momento de felicidad, mi tío se pegaba un bigote falso en la cara y adoptaba esa insondable expresión. Al parecer, el bigote estaba compuesto en su mayor parte de pelo de crin de caballo y, según me contó mi madre, esta foto se la hizo ella misma el día de la muerte de Berkowitz, el gato siamés que le acompañó durante 7 años. El relato del fallecimiento de Berkowitz es estremecedor por su desafortunada concatenación de azares. Resultó que, estando Berkowitz reposando el almuerzo en el alfeizar de la ventana que ven en la foto, sonó el timbre de la puerta y mi tío, qué iba a saber él que el condenado gato estaba detrás, se levantó con presteza juvenil de su asiento para atender la visita, empujando a Berkowitz al vacío y desafiándole a sobrevivir a una caída de 7 pisos. El pobre Berkowitz no superó la prueba, haciéndose polvo sobre la cabeza de una señora de 77 años que salía a hacerse un chequeo rutinario. La señora tampoco superó la prueba. Se llamaba Annie Berkowitz. Y eso no es todo. Los que pulsaron el timbre, el ring ring que desencadenó la maquinaria fatal, eran un par de Testigos de Jehová que en ese momento levitaban de felicidad y dicha. Acababan de hacer un nuevo fiel, cosa que no conseguían desde hacía 7 años, exactamente la edad del gato Berkowitz. El nombre del nuevo fiel era el siguiente: Annie Berkowitz.

Como se decía P.T Anderson en la película de las ranas que caen del cielo, todo esto no puede ser una mera casualidad. No puede serlo; decidme que no lo es.

La vecina lleva semanas bailando sevillanas delante de la ventana. Creo que lo hace para verse en el reflejo del cristal, para corregirse movimientos, para perfeccionar el óvalo que dibuja en el aire con los brazos al levantarlos, y esas manos que se retuercen como si quisieran librarse de las muñecas. También hace semanas que por su casa holgazanea un tipo que no es su pareja, un larguirucho con la cabeza prematuramente preparada para el despegue de aviones. Si él aparece es que mi vecino no está, y eso me hace sospechar. Yo diría que es del otro barrio, inofensivo, pero como vea el más mínimo acercamiento, alguna mirada sostenida o un masaje no solicitado, voy a averiguar el piso y a dejar una nota reveladora en el buzón, y luego me lavaré las manos. No sé a quién se le ocurrió eso de que no hay que meterse donde no te llaman. Desfacer entuertos es el deber de los caballeros andantes, es nuestra misión, y da igual si no tienes casco.

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Leo el reverso de la foto:

“Carmencita y yo. Otoño de 1973. Por mucho que intento pensar en 20, no consigo obviar la reconfortante sensación que me produce el tacto suave y firme de la cadera de Carmencita. Primer día de rodaje. Alguien dijo una vez que la vida era un valle de lágrimas. No fui yo.”

Si mi tía viera esto…